jueves, 30 de julio de 2015

El  Reclinatorio


Giannina Arangi-Lombardi  en  Aida ("O patria mia")



Giannina Arangi-Lombardi (Nápoles, 1891/ Milán, 1951) pertenece a esa raza de cantantes que siempre se tiene la sensación de que cantan desde el mismísimo Olimpo, dada la mayestática elegancia de la línea, la señorial pulcritud de un fraseo áulico y etéreo, y la magnificencia de unos sonidos que parecen esculpidos en mármol. Por la época en la que le tocó vivir, con el empuje del canto verista en su máximo esplendor, su arte parece fuera de sitio, como de otra época, y quizás por ello, aunque abordó papeles de su tiempo, también puso los ojos en el redescubrimiento de viejos títulos operísticos (Vestale, Lucrezia Borgia, Favorita, I Lombardi) donde parecía sentirse más a gusto. El repertorio de Verdi también conformó gran parte de su dedicación, sin duda por la mucha herencia belcantista que el arte verdiano contiene. Aquí la podemos escuchar en el aria del tercer acto de Aida (O patria mia), uno de esos momentos de remanso lírico, siempre habituales en toda obra verdiana, que exige un canto exquisito y mesurado, pero donde no se desdeñan, antes al contrario, los alardes virtuosísticos que, aparte de a una intérprete expresiva, llaman también a la vocalista más experimentada. Aunque Arangi-Lombardi pudo tener fama de fría, sobre todo si se le compara con el estilo desmelenado que le circundaba, en realidad fue un fiel exponente de la expresividad conducida siempre a través del canto y conforme a las más legítimas reglas musicales. Este fragmento es un ejemplo perfecto de ese estilo hecho a base de líneas puras y ondulantes pero cargadas de sustancia y de contenido.



Aunque Arangi-Lombardi, por fortuna, dejó grabada completa la obra de Verdi (para la casa HMV de Milán, en 1928), la versión que escuchamos aquí es una grabación individual del fragmento, realizado para la casa Columbia, en 1926. Lamentar que sólo grabara la segunda estrofa, la que comienza con las palabras O fresche valli, aunque nos podemos consolar pensando que así su arte aparece más concentrado. El ataque de la primera nota (Fa4), aunque no es limpio del todo, puesto que hay un ligero portamento, llama la atención por el rinforzando que la cantante hace en dicha nota, que aporta una inteligente sensación de quejido. En la siguiente frase (patria mia, mai piú, mai piú ti vedró) que Verdi marca a piacere, Arangi-Lombardi vuelve a hacer uso de elementos siempre musicales (en este caso un juego dinámico forte/piano y un ligero rallentando) para transmitir la tristeza que embarga al personaje, que añora la patria lejana a la cual intuye que no va a regresar jamás. A partir de ahí el canto es ligadísimo, las notas de adorno que Verdi esparce aquí y alla están engarzadas expresivamente a la melodía, y la articulación es fidelísima a lo que pide Verdi, marcando las notas pero sin perder ligazón (O fresche valli o queto asil; Or che d’amore il sogno é dileguato). Poco antes, atiende con exquisitez el dolcissimo sobre la palabra beato. En la siguiente frase (O patria mia non ti vedró mai piú) Arangi acentúa con mucha intención el vocablo mai, que adquiere así un mayor tono lastimero. Más adelante, en otra repetición de mai piu se encarama de manera impresionante al Do5. No lo hace exactamente como pide Verdi, pero aún así sobrecoge cómo ataca en piano y lo va reduciendo hasta el filado casi impalpable, sin perder en ningún caso ni vibración ni consistencia, para concluir rizando el rizo con un rinforzando que lleva la nota hasta el forte para terminar resolviendo en mezzoforte (1:54). Un último alarde posterior en el nuevo ataque de O patria mia, esta vez casi perfecto, con otro regulador dinámico desde el piano hasta el forte. Y para rematar la faena, prodigiosa también la smorzatura final sobre el La4, tal cual pide Verdi.

¡Al reclinatorio!...


lunes, 27 de julio de 2015

Verdi AIDA (Viena 2015)

Sondra Radvanovsky (Aida)
Luciana d'Intino (Amneris)
Jorge de León (Radames)
Franco Vassallo (Amonasro)

Philippe Auguin (Dtor.Musical)
Nicholas Joël (Producción)

La en otro tiempo ilustre y esplendorosa Staatsoper de Viena, anda últimamente de bastante capa caída. Se ven los repartos de la mayoría de sus funciones y parece que le han tocado en un tómbola. Las estrellas (supuestas) aparecen con cuentagotas y mientras tanto sus carteles están poblados de cantantes debutantes, desconocidos o recauchutados. Parece como si su escenario que antes era punto de llegada (de difícil y meritoria llegada, por cierto), ahora sea punto de partida, como si de una academia de canto se tratara. Cuando, por contra, sus repartos cuentan, como es el caso de  esta reciente función de Aida, con nombres afamados, se vuelve a poner de manifiesto que al final son más los ruidos que las nueces.

Sondra Radvanovsky en el papel protagonista atrae por su vozarrón “cuadrafónico” y apabullante, pero que se ve lastrado por el perenne vibrato y por una cierta tendencia a los sonidos estridentes y entubados. No existe personaje porque el fraseo es anodino y la dicción pésima. Otra de sus supuestas virtudes son los filados, que llaman más la atención en una voz tan poderosa, pero en realidad dichos filados como tales no existen. Son vulgares falsetes, donde el sonido, lleno de aire, sale fibroso, acartonado, con un punto importante de fijeza, sin tersura, desapoyado y apenas audible.

Luciana D’Intino (Amneris) es la cantante de las mil voces… y ninguna buena. La voz está partida en tres o cuatro diferentes, llena de notas falsas, diferencias tímbricas y sonidos velados. En las primeras frases, además, desafina flagrantemente. El canto, en conjunto, es bastante desarrapado, con ese estilo trasnochado de la típica Amneris de regusto verista, más cerca de una verdulera que de una princesa egipcia. Jorge de León (Radames) está despilfarrando sin control su capital. La técnica es pedestre, a base de empujar la voz por medio de contracciones musculares de la laringe, y cuando quiere dar descanso a ésta, enchufa los sonidos en la nariz. El fraseo es desgarbado y mortecino, la afinación, por momentos, aproximativa, y la oscilación de la voz cada vez más evidente, señal inequívoca de fatiga, de esfuerzo y de abuso.

El sector grave es una jauría desmelenada. Franco Vassallo canta todo abierto y desparramado. No hay ni una nota mínimamente presentable. Lógicamente, un cantante de este tipo encuentra terreno abonado para desbarrar en el tercer acto, donde siempre se confunde el acento imperioso y agresivo con los desmanes vocales y el canto asilvestrado. Sorin Coliban (Ramfis) es un horror sin paliativos. Emisión estomacal, sonidos de ultratumba, tembleques varios y un ascenso al agudo (un Fa, en la escena del Templo) calante y descoyuntado. A su lado, el Rey de un tal Speedo Green resulta casi audible.

La dirección orquestal es de Philippe Auguin. Contando con una orquesta como la Filarmónica de Viena es lógico que se logre un sonido de cierta compostura, incluso elegancia, pero el problema es el aparataje excesivo, la ampulosidad, el estruendo y el abuso de los decibelios. No hay tensión, no hay mordiente, no hay pasión ni drama. En su batuta, Aida más que nunca parece una ópera de boutique.

A la puesta en escena de Nicholas Joel el adjetivo que mejor le cuadra es extraña. Queda claro que trata de huir del tópico tan característico en esta ópera, pero evitando también caer en la extravagancia, que sería el camino más fácil. Es curiosa por las nuevas perspectivas visuales que aporta, tan desacostumbradas (como el fondo desértico en la escena de la marcha triunfal, o la diagonal que marca la escenografía en el segundo cuadro del primer acto). Huye también de la monumentalidad superflua y de la grandilocuencia, y en cierta medida termina desequilibrándose hacia lo espartano, pero es el conjunto lo que no acaba de funcionar. Queda todo desangelado, y oscuro, muy oscuro. Y falta poesía y capacidad ambiental para recrear las situaciones. En ese sentido es una pena cómo se deja escapar una escena tan envolvente como la del Nilo del tercer acto, que resulta opresiva, lóbrega y, sobre todo, prosaica.

Verdi LUISA MILLER (Verbier 2015)

Erika Grimaldi (Luisa)
Daniela Barcellona (Federica)
Piotr Beczala (Rodolfo)
Simone Piazzola (Miller)

Gianandrea Noseda (Dtor. Musical)

(Selección de la obra en versión concierto)

El Festival de Verbier, que se desarrolla cada verano en la localidad suiza del mismo nombre, ha presentado este año, en una de sus sesiones, una propuesta curiosa y, en mi opinión, insatisfactoria: una selección de la ópera de Verdi Luisa Miller, junto a las danzas sinfónicas de Rachmaninoff, todo ello bajo la batuta de Gianandrea Noseda. Una ópera en concierto ya tiene un componente de frustración (aunque viendo la mayoría de los disparates escénicos que abundan por ahí, a veces supone hasta un alivio para los ojos), si encima se trata de una selección, se deja al personal medio hambriento, y si para rematar, dicha selección no tiene mucha coherencia, pues casi que se queda uno definitivamente en ayunas. Algo de esto es lo que ha ocurrido con la presente sesión. No sé qué pintaba en ese contexto las danzas de Rachmaninoff, cuando se podía haber ofrecido la ópera completa, y tampoco se entiende que la escena solista del barítono se presente completa (aria y cabaletta) mientras que la de la soprano y la del tenor se ofrecen sólo con el aria, sin la cabaletta correspondiente. O que se incluya el cuarteto del segundo acto (que no es, precisamente, la joya de la corona) y se deje fuera otros fragmentos de mayor inspiración. Es cierto que al no contar con coro el concierto, se han omitido todos los fragmentos donde la parte coral interviene, pero no es menos cierto que un festival de este nivel no puede guiarse por semejante racanería artística. Y es una pena porque entre los mimbres había algunos elementos muy interesantes para haber ofrecido una velada bastante disfrutable.

Un estupendo descubrimiento ha supuesto la soprano italiana Erika Grimaldi, cantante que no conocía, en el papel protagonista. Voz de lírica pura, tersa y homogénea en toda la tesitura, con una emisión sana y muy bien colocada, en posición alta desde el grave (que no se desfonda en ningún momento) y que busca la punta y el brillo desde el mismo origen. Los sonidos salen muy bien apoyados, con nitidez y expansión, lo que propicia un canto límpido y natural, y una zona aguda penetrante y esmaltada. En ese sentido, son admirables el campaneo de su voz en el cuarteto del segundo acto, o la pureza de las agilidades en el dúo con el barítono del último acto, que suenan luminosas y cristalinas, nada que ver con las gallinas de corral que nos endosan un día sí y otro también. El canto es ligadísimo y las frases a media voz, que la cantante no ahorra, están muy bien sostenidas. Viendo su currículum, se sabe que su carrera ya lleva un cierto curso (más de diez años) y que ha transcurrido sobre todo en repertorio lírico, o lírico con enjundia (Pamina, Mimi, Liu, Condesa, Fiordiligi, Donna Anna), por lo que este papel verdiano supone un límite que por el momento convendría que no sobrepasara. También parece que su deambular artístico ha transcurrido en torno al Regio de Turín, y a la sombra del maestro Noseda, de cuya batuta se nota en exceso cierta dependencia que sería bueno que disimulara, al menos delante del público. Habrá que seguirle la pista a esta interesante soprano.

Con el resto del reparto, bajamos unos cuantos escalones (en algún caso, varios pisos) y nos situamos en el nivel más de andar por casa que es común en el canto operístico contemporáneo. El tenor polaco Piotr Beczala encarna a Rodolfo en lo que creo supone su debut en el papel. En realidad, Beczala da igual lo que cante y lo que debute, porque todo suena exactamente igual de aburrido y de engolado. El papel de Miller, padre de la protagonista, corre a cargo de Simone Piazzola, que empieza descentrado en su escena solista (el primer fragmento del concierto), pasando apuros en la zona de paso y con todos los agudos en retaguardia. En el dúo con su hija, la cosa mejora un poco. Intenta un canto matizado y expresivo, y acaba resultando modosito, aunque con los defectos apuntados. Comparado con la pléyade de barítonos caninos que pueblan la tierra, no es de los peores.



El bajo Vitalij Kowaljow, en el papel del Conde Walter ofrece una voz hueca, nasal y de fraseo inerte, y Daniella Barcellona como la Duquesa Federica (parece que sus incursiones en territorio verdiano son cada vez más habituales) resulta cumplidora y aceptable. En el cuarteto se sacan de la manga a un bajo ignoto para que incorpore el papel de Wurm, y mejor habría sido que lo hubieran dejado donde estaba.

La dirección musical de Gianandrea Noseda es la otra gran baza de esta función. Desde la apasionada y fogosa obertura, el ímpetu del maestro no decae en ningún momento, haciendo partícipe a la orquesta (compuesta en su práctica totalidad por instrumentistas jovencísimos) de sus descargas eléctricas. Hay una gran pulsión rítmica y una extraordinaria tensión dramática a lo largo de todos los fragmentos, conjugado con un sonido pulcro y matizado. A destacar el dúo mezzo-tenor, el cuarteto, el acompañamiento alfombrado al aria del tenor (una pena que Beczala lo desaproveche), y toda la escena final, de altísimo voltaje teatral. Como curiosidad, señalar que Noseda besa la partitura de la obra que tiene sobre su atril al finalizar el concierto. Mejor prueba de amor que su interpretación no cabe, y hace mella en el lamento por haber perdido la ocasión de disfrutar de la obra en su totalidad.

lunes, 20 de julio de 2015

Rossini GUILLAUME TELL (Covent Garden 2015)

Gerald Finley (Guillaume)
John Osborn (Arnold)
Marlin Byström (Mathilde)

Antonio Pappano (Director)
Damiano Michieletto (Producción)


Tras unas cuantas décadas durmiendo el sueño de los justos, parece que en los últimos tiempos esta magna obra rossiniana (punto final en la carrera del compositor, pero casilla de salida para buena parte del operismo europeo del XIX) está viviendo un resurgir, si no esplendoroso (las exigencias máximas, en todos los sentidos, sobrepasan por completo el voluntarismo artístico, pero escaso de sustancia, que le suele dar cobijo), sí al menos con una cierta dignidad que le está permitiendo incorporarse con bastante asiduidad a los escenarios de muchos teatros de todo el mundo. Desde hace unas temporadas para acá, la obra ha podido verse (bien en escena, bien en concierto) en ciudades como París, Viena, Roma, Bolonia, Chicago, Amsterdam, Bruselas, Turín o Munich, además de los dos feudos rossinianos de Pésaro y Bad Wildbad. Incluso España, a través de Coruña, también ha aportado acento ibérico a este resurgimiento. Para la próxima temporada se anuncia la obra en Ginebra o Hamburgo, y más adelante está el esperadísimo retorno de Guillaume Tell al escenario del Metropolitan neoyorquino, del cual falta desde 1931. Por cierto, repasando los anales del MET, hay que frotarse los ojos para imaginarse lo que debió ser la velada en que allí cantaron la obra un reparto de absoluto ensueño, compuesto por Danise, Ponselle, Martinelli, Mardones y Didur. Es de agradecer además que, salvo alguna puntual excentricidad, la obra parece imponerse finalmente en su versión original francesa y no en la desvirtuada traducción italiana.


En esta ocasión le ha tocado el turno al Covent Garden, de Londres, que ha montado una nueva producción de la obra a cargo del director titular de la casa, Antonio Pappano, en la vertiente musical, y de la nueva estrella escénica, el italiano Damiano Michieletto. En el terceto protagonista (Finley, Byström y Osborn), tres cantantes que ya han interpretado la obra anteriormente a las órdenes de Pappano. El conjunto es disfrutable, más teniendo en cuenta las dificultades de la obra y también el habitual nivel operístico que se puede ver por el mundo.


El elemento vocal más destacado es el protagonista de Gerald Finley, quien cuenta con una voz muy adecuada para el papel, con un centro robusto y ancho (más de lo que yo le recordaba), y un timbre viril y contundente. La emisión es bastante aceptable, con alguna tendencia a la nasalidad (en este caso aprovechando la particular fonética francesa), muy evidente por ejemplo en la gran frase Mortelle disgrace del cuarteto del tercer acto. El personaje, que recoge la gran tradición de la tragedie francesa, se expresa sobre todo a través de un declamado amplio, heroico y noble, que Finley hace suyo, componiendo un Tell apasionado y perentorio, de gran eficacia escénica. En el aspecto expresivo, no se deja tentar, si bien a veces esté en el filo, por el desparrame verista, aunque convendría que cuidara en la pronunciación el exceso articulatorio de las consonantes oclusivas. En conjunto, una buena prestación, con una versión muy estimable y muy sentida de su momento solista, Sois immobile.



El tenor americano John Osborn, uno de los contados tenores habituales que pueden afrontar con ciertas garantías el personaje de Arnold, ofrece aquí la versión más floja de las varias que le he visto del papel. La voz está perdiendo frescura y esmalte, lo cual se pone de manifiesto ya desde el principio, en el dúo con el barítono. Va y viene, sin cogerle el punto en ningún momento, y el cantante tiene que ir sorteando los peligros como puede: abriendo el centro y el primer agudo, empujando, forzando, pero sin encontrarse a gusto en ningún momento. En su aria del cuarto acto, empieza con un buen recitativo, sigue con un aria problemática (para irse al agudo recurre al falsettone), y concluye con una cabaletta regulera pero con final feliz, con un agudo pillado un poco de soslayo pero que consigue mantener a base de una buena ración de gónadas.


El trío protagonista lo cerraba una muy floja Marlin Byström en el papel de Mathilde. La voz parece importante, pero la cantante es rudimentaria y pedestre. Su canto se reduce a una retahíla de sonidos guturales, fuera de sitio, descontrolados y estridentes. Una “ejecución” en toda regla lo que ofrece en su escena solista del tercer acto (una de las joyas de la partitura), resuelta a grito pelado, al igual que sus intervenciones en el concertante que cierra ese mismo acto.


Buen nivel el de los secundarios, que en esta obra casi nunca cumplen las mínimas expectativas, sobre todo en el sector grave: salvo Halfvarson (Melchtal), que está en las últimas, tanto Vinogradov (Walter), con una voz de timbre muy agradable, como Courjal (Gessler, personaje habitualmente masacrado), no constituyen el habitual atentado a los oídos del respetable. Cumple con holgura Fomina como Jemmy, y más flojos Enea Scala como el pescador (con la voz empotrada en la nariz en los ascensos al agudo), y Shkosa como Edwige, ésta completamente sorda y ahogada en su particular simulación de una voz de mezzo.


Magnífica, como era de esperar, la dirección de Pappano en una obra que conoce (y ama) a la perfección. Ya desde la obertura, diferencia muy bien el mundo bucólico y puro de la naturaleza, enfrentado al mundo violento y salvaje del invasor. En ese sentido, por ejemplo, es curioso cómo en la escena del primer acto de la bendición del amor conyugal, la música adquiere una significación casi religiosa, realzada además por la puesta en escena, que muestra la intensa unión, incluso en su sentido más físico (todos los personajes se embadurnan de tierra), entre los campesinos y el suelo que les da el sustento. La orquesta y el coro lo secundan admirablemente, tanto en los momentos más delicados (estupenda la gradación dinámica de las trompas fuera de escena en el primer acto; o el pizzicato morbidísimo, pero al mismo tiempo cargado de intensidad, en el motivo del primer grupo de conjurados; o la extraordinaria introducción del acto cuarto, densa y reconcentrada), como en los que se pide un sonido brillante y vigoroso, como en los finales de actos, o en toda la escena inicial del segundo cuadro del acto tercero.


Decepcionante, en cambio, la propuesta de Michieletto. Hay algún momento puntual atractivo, como la mencionada escena de resonancias telúricas, o detalles generales en la gran escena de los conjurados, pero en conjunto resulta una producción fea y efectista, y lo que es peor, con muy poca sustancia.


sábado, 11 de julio de 2015

El Reclinatorio


Titta Ruffo en Cristoforo Colombo ("Aman lassú le stelle")



Cual caballero andante, llevo un tiempo empeñado en defender el honor mancillado del commendatore Titta Ruffo, un cantante maltratado por el paso del tiempo, al hacerle culpable de la deriva canora de las últimas generaciones. Sostengo lo contrario: Ruffo fue un cantante extraordinario, de potente personalidad y voz prodigiosa, pero también de alta escuela, elevada inteligencia y notable sensibilidad. Su canto arrebatado y su incandescente expresividad fueron imitados por los que carecían de su talento y su dominio técnico, y el resultado fue la degeneración y la caricatura, pero de eso el commendatore poca culpa tenía.

He aquí otro ejemplo más de su maestría técnica. Se trata de uno de los momentos solistas del protagonista de Cristóforo Colombo, ópera compuesta por Alberto Franchetti para conmemorar el cuarto centenerario del descubrimiento de América, en 1892. La tesitura de la página es criminal con hasta 13 Fa naturales, más un Sol y un Lab (aunque aquí Franchetti se apiada del barítono y le ofrece un oppure más llevadero, donde sólo le pide… otro Fa3), pero es que además de todo ese ramillete de agudos, la página incide continuamente en la zona de paso del barítono (Do#, Re, Mi), donde hay que frasear y expresar con el exquisito lenguaje poético que usa el personaje para hablar de los astros y del mar, intentando apaciguar al personal de a bordo que empieza a impacientarse.


Las primeras frases ya inciden una y otra vez sobre el Re. El descenso al grave (un La) (0:33) es estupendo, pastoso, redondo, una nota de extraordinaria consistencia, y eso que el registro grave no era el fuerte de Ruffo. El ataque a media voz de la primera frase ("Aman lassú le stelle", 0:40) es precioso, y luego el adorno en “strani” (0:46) es de mucha clase, consiguiendo que esa voz suya, leonina, parezca seda pura. El sonido, perfectamente enmascarado, tiene una vibración y una pegada soberana, que desborda incluso lo arcaico y rudimentario de la grabación. Sobre cualquier vocal los sonidos son inmaculados, pero sobre la “i”, como por ejemplo en “palpiti” (0:58), “cosí” y “malia” (1:18 al 1:20), o el Fa3 en “via” (1:33), la penetración sonora es apabullante. Ese enmascaramiento y la perfecta solidez del apoyo le permiten una fluidez, una homogeneidad y un  legato absolutamente admirables. Los sonidos flotan  con una libertad asombrosa (como si fuera una pluma que no pesara nada, todo lo contrario que los cantantes actuales que parece que las voces les pesan tonelada y media), flexibles a la voluntad del intérprete, que puede hacer con ellos lo que le viene en gana para otorgar sentido y expresividad al canto. Así, cantar parece la cosa más fácil del mundo, incluso encima de un campo de minas como es la tesitura de este fragmento.

A partir de “per la conca d’argento” (2:06) y a medida que el desarrollo melódico se va galvanizando, el cantante despliega su habitual desborde pasional en un canto hecho de pura emoción pero desde el máximo control técnico, para desembocar en el monumental Lab de “ergi un vano splendor” (2:46) que en boca de Ruffo parece una nota tan natural y sencilla como cualquier otra. 

¡Al reclinatorio!...


Para comprender la tremenda dificultad de esta página, nada mejor que acudir a la versión de una eminencia vocal y cantante supremo como Pasquale Amato, quien, sin embargo, no se encuentra tan cómodo como Ruffo y palidece ante él. Juega en su contra, además, que el reprocesado de la vieja grabación no se ha realizado fielmente, y está casi medio tono más alta, circunstancia, por cierto, que también le ocurre a la versión de Ruffo en otra fuente que circula por youtube. La buena del pisano es la que se ha enlazado aquí.


lunes, 8 de junio de 2015

Moreno Torroba LA MARCHENERA (Teatro de la Zarzuela 2015)

La segunda ración de esta dieta hipocalórica de zarzuela, consistió en unas pocas funciones, de nuevo semiescenificadas, de La Marchenera, de Moreno Torroba. También una magnífica elección, por lo que supone de recuperación escénica, y porque la partitura bien lo merece. Estamos hablando, en nuestra opinión, de la mejor partitura teatral de Torroba, codo con codo con La chulapona. Es verdad que Luisa Fernanda se lleva la fama, pero son otras las que cardan la lana... El compositor madrileño da aquí rienda suelta a su característico estilo neoclasicista, que entronca con la zarzuela isabelina de sus antepasados, bebiendo de las fuentes populares pero enriqueciéndolas con ese trazo exquisito y refinado, marca de la casa. Además, y para mayor motivo de dicha, se ofreció la partitura rigurosamente completa (salvo algún fragmento que el propio compositor retiró a raiz del estreno, y que bien se podía haber aprovechado para recuperar casi como primicia), hecho que no ocurría en la única grabación existente que, para más inri, está dirigido por el mismo Moreno Torroba. En dicha grabación no sólo había mutilaciones internas dentro de muchos números, sino que se habían cercenado por completo dos fragmentos enteros, entre ellos la bellísima romanza del tenor, “Callada noche andaluza”. Es de todo punto incomprensible que Torroba no incluyera en la grabación un fragmento de tan altísima calidad musical. La única explicación es que el tenor protagonista (Carlos Munguía) se encontrara indispuesto en aquellas grabaciones que casi se hacían en un abrir y cerrar de ojos, sin tiempo material para permitir el restablecimiento en el caso de cualquier indisposición de algunos de los protagonistas. Por fortuna, contamos con la antigua grabación de Delfín Pulido (el primer Don Félix de Samaniego, en el estreno de la obra), una versión de absoluta referencia por el nivel artístico del cantante y por la capacidad evocadora que desprende su interpretación. Para aquéllos que no conozcan ni la romanza ni esta versión, aquí la pueden disfrutar:

Romanza "Callada noche andaluza" (Delfín Pulido) Al principio, hay alguna puntual incomodidad sobre la palabra "misticamente", que incide sobre el Sol3, zona conflictiva para cualquier tenor. Pulido se adorna, con mucho encanto y asimilando el "florilegio" típico del canto andaluz, en palabras y frases como "rejas", "florecidas", "que son altares", o "con relicarios". Bella la sfumatura sobre la palabra "luz", para luego engarzar, en piano y rallentando, como pide la partitura, con la frase "Tus horas fueron". Pero la joya de la interpretación llega en la frase "de la ilusión", que se va desvaneciendo hasta el suspiro para enlazar, en un sólo aliento, con la siguiente "ilusión que al nacer". Aquí el cantante, con un extraordinario instinto musical, aprovecha la preciosa modulación a Re Mayor para llenar de luz su interpretación. Pulido, en el estilo tan típico de la época y que tanto había ayudado a poner de moda el gran Miguel Fleta, hace alardes de control del aire, sosteniendo las frases, recogiendo y expandiendo los sonidos, pero sin perder apoyo, sin caer en el vulgar falsete, sino siempre con un sonido vaporoso pero consistente, alado pero con sustancia. Bella también la frase final que acaba con un La3 en pianísimo, en el cual, sin embargo, se advierte alguna ligera oscilación. Una interpretación, en definitiva, que es un ejemplo de eso que se llama "musicalidad", es decir la capacidad de un cantante para extraer la esencia de un fragmento musical, y la sabiduría no sólo para recrear esa esencia, sino tambien para dimensionarla.

Volviendo al presente, mucho más común y prosaico, señalar que, al contrario de lo que había ocurrido en La Dogaresa, se contó con un cuarteto vocal de cantantes afamados y de importante trayectoria, si bien tampoco se puede decir que los resultados fueran excesivamente satisfactorios. Los cuatro protagonistas (Navarro, Ignacio, Roy y Alvarez) pecan, a grandes rasgos, de lo mismo: querer aparentar más voz de la que tienen, por lo cual de sus respectivas gargantas surgen unos sonidos tochos, abombados y plomizos que a los cuatro les cuesta Dios y ayuda manejar con una mínima solvencia. Todo se reduce a un esfuerzo muscular para tratar de sostener esas apariencias vocales. El canto se convierte así en un ejercicio exclusivamente atlético, sin que quepa la posibilidad del sosiego canoro, de recrearse en la faena, de maniobrar con los sonidos, o de dar verosimilitud y expresión al texto musical. Si cada uno de ellos se limitara a cantar con su voz (y con una técnica mínimamente pulida), otro gallo cantaría (valga la redundancia).

Con todo, lo peor vino por parte de Rocío Ignacio, una cantante de escaso bagaje técnico e incapaz, por tanto, de un mínimo control de su voz. Si encima de eso, se dedica a ensanchar artificialmente los sonidos, el resultado no puede ser más evidente: una cantante que apenas rebasa la treintena, pero cuya voz parece la de una anciana. Vibrato sin mesura, sonidos desajustados, aspereza y acidez apenas asciende por la tesitura, e incapacidad absoluta para sostener los contados descensos al registro grave (en el cuarteto final, donde hay frases que inciden sobre el Mi3, que tampoco es que sea la fosa de las Marianas, el quebranto y el ahogo fueron manifiestos). A día de hoy, la señora Ignacio debería replantearse los cimientos de su carrera artística. Aún está a tiempo.

Alejandro Roy tiene una voz interesante en origen, pero de nuevo nos encontramos con sonidos hinchados, artificiales, que el cantante sólo puede sostener a través de un canto sofocado y muscular, que no permite la más mínima variedad expresiva: todo cantado a pleno pulmón, en forte o en mezzoforte. La ya mencionada romanza del tercer acto, que pide recogimiento, tonos crepusculares y acentos cautivadores, pasó sin pena ni gloria. Entre el canto desplegado por Roy en dicha romanza y el que hubiera merecido una jota, poca diferencia habría. Y sí, el respetable se entusiasma con sus subidas al agudo, su desparrame vocal, y su expansión sonora, pero, por más que se empeñe, lo que ofrece tiene más de sonidos fibrosos y voluminosos, que de trompeteo y verdadera enjundia.


Con estas funciones retornaba al escenario de la calle de Jovellanos, Carlos Alvarez, tras años de ausencia por sus compromisos internacionales y también por sus padecimientos físicos de los últimos tiempos. Nos congratulamos de su restablecimiento y de que pueda seguir con normalidad su carrera artística. Dicho esto, también conviene decir que Alvarez es un cantante que nunca nos ha entusiasmado, y a día de hoy sigue sin hacerlo. En su caso, una emisión artificiosa y poco natural, lleva consigo una línea de canto monocorde y cuadriculada. El paso del tiempo lo único que ha conseguido es acrecentar ambos vicios. Y por último, Amparo Navarro en el papel de la marchenera protagonista, que fue el único elemento del reparto que intentó darle un mínimo de expresión a su canto y salirse un poco del atasco vocal que llenaba el escenario. Sin embargo, los vicios generales ya apuntados (voz ensanchada con artificios; incapacidad, por consiguiente, para sostener la estructura vocal; y cierta sensación de desfondamiento y de fatiga), hicieron que las buenas intenciones sólo quedaran en eso.

En el amplio reparto de personajes secundarios, hubo poco que destacar, salvo algunos errores de distribución muy evidentes. No se entiende, por ejemplo, que se desaprovechara un elemento cómico de nivel como Enrique R.del Portal (a quien se le adjudicó el episódico papel de Cárdenas, que sólo tiene un par de frases cantadas), que podría haber compuesto un Orentino (el tenor cómico de la obra) muy eficiente, para en su lugar darle el papel a Gabriel Blanco, que lo cantó como si estuviera interpretando el Turiddu, de Cavalleria Rusticana. Es imposible hacerlo peor. Con una voz, de tesitura incierta, completamente desconchabada, y haciendo alarde además de un absoluto desconocimiento estilístico de en qué consiste un personaje cómico de zarzuela. A su lado, Amelia Font hizo el papel de la tiple cómica, Taravilla. Otro evidente error de reparto. La señora Font sí conoce los entresijos y las particularidades de los papeles cómicos zarzuelísticos, pero su voz ya no está para estos trotes.


Lo mejor vino del foso. Miguel Ángel Gómez Martínez, como es habitual en él, consiguió hacer sonar a la orquesta con un mínimo de categoría, y aportó transparencia en las texturas, elegancia sonora y gusto por los detalles. Magnífico, por ejemplo, el final del primer acto, muy bien balanceado, con la exquisita entrada del coro, en piano, con el motivo de “Cuando en la noche callada”, y el subsiguiente concertante, para rematarlo con la filigrana dinámica (piano/ forte/ piano) con la cual Moreno Torroba concluye el acto, en un sorprendente y bellísimo efecto. Sin embargo, le faltó cintura y sandunga en los números de sabor popular. La petenera, el zapateado o el preludio del tercer acto (que también incluye un zapateado), por ejemplo, resultaron académicos, metronómicos, escasos de gracia y donaire. En este tipo de música, o sueltas la pelvis, o dejas al personal como si estuviera en misa de doce. En cualquier caso, esperamos seguir contando con el maestro granadino para estos menesteres zarzuelísticos, tras el inicial y comedido Juramento, y el magistral y perfumado Manojo del año pasado.

Finalmente, comentar el añadido teatral que acompañaba y envolvía la interpretación musical.  De nuevo, como en La Dogaresa, fue Javier de Dios el encargado de esta labor, y tampoco pareció acertar demasiado, en este caso por exceso. Dos personajes (un empresario y un joven libretista, interpretados por los actores Fernando Sansegundo, con cierta propensión a vocear, y Javier Muñoz, respectivamente) elaboran el libreto de una zarzuela (se supone que de la propia Marchenera), lo que da pie para que surjan entre ellos discusiones y controversias sobre el mundo del teatro visto desde diversas perspectivas. El texto estaba currado y aportaba reflexiones interesantes, pero más apropiado para otro contexto. En éste, parecía metido con calzador y distanciaba del asunto musical, además de alargar en exceso la función y distraer demasiado la atención. Tanto es así, que de un número musical a otro, se perdía el hilo de la zarzuela y ya no se acordaba uno de por dónde iba la historia, ni qué rayos había ido a ver.

Pasado este purgatorio de abstinencia zarzuelística, parece que el próximo curso retorna el sentido común a la programación, y el Teatro de la Zarzuela vuelve a hacer honor a su nombre. Errare humanum est.



viernes, 5 de junio de 2015

Millán LA DOGARESA (Teatro de la Zarzuela 2015)

En esta extraña (y por momentos surrealista) temporada del Teatro de la Zarzuela, en la cual ha habido casi de todo menos zarzuela (si obviamos la propuesta, a principios de temporada, de Los diamantes de la corona, pero que era una mera reposición), por fin parece que le ha llegado el turno al género que da nombre al teatro. Eso sí, estamos finalizando la temporada y las propuestas han sido en versión de concierto, con una leve escenificación. Los títulos que rellenan el espacio dedicado al género lírico nacional son La dogaresa y La marchenera. En la elección de ambos, sí que hay que aplaudir a la dirección del teatro, por cuanto se trata de dos partituras que duermen en las estanterías desde hace décadas. Nos centramos en este caso en la primera de ellas, La dogaresa.

Fue Rafael Millán un compositor dotadísimo al que, por desgracia, una enfermedad cerebral degenerativa dejó postrado en una silla de ruedas cuando apenas había cumplido la treintena. Como relata Marcos Redondo en sus memorias, parece ser que sus obras gustaban mucho más en Barcelona que en Madrid, donde ninguno de sus títulos acabó nunca por imponerse con claridad. Sin embargo, el barítono de Pozoblanco reconocía que, de todos los compositores de aquella generación, era al que más agradecido estaba. En el caso concreto de La dogaresa, nos encontramos ante una obra de fresca inspiración melódica con claros ribetes de opereta, si bien el argumento alcanza en algunos momentos unos derroteros francamente dramáticos, y con algunos personajes (caso del barítono) de una cierta complejidad de carácter. A destacar también la buena recreación atmosférica de la obra, que se desarrolla, como es obvio por el título, en Venecia, cuyos canales, góndolas y sonoridades acuáticas se hacen muy presentes en algunos momentos de la partitura.



La dramatización llevada a cabo en esta ocasión, a cargo de Javier de Dios, no pareció excesivamente elaborada, sino que muy al contrario dio más bien síntomas de cierta rutina o falta de ideas. Se limitó a ir contando el argumento a través de los personajes de Marco y Rosina (los dos únicos que se desdoblaron entre actor y cantante, e incorporados respectivamente por David Lorente y Beatriz Argüello), quienes iban dando paso a los números musicales. Los cantantes, en traje de concierto, hacían acto de presencia en el escenario, cantaban sus partes y volvían a salir, sin apenas implicarse mucho en el aspecto dramático de la historia. El coro permanecía en escena toda la obra sentado al fondo del escenario. Tanto el vestuario de los dos actores que hicieron de maestros de ceremonias, como los escasos telones pintados que acompañaron algunos de los números musicales, desprendían un irremediable aroma a rancio y a naftalina.

La parte vocal no acabó tampoco de levantar los ánimos de la velada. El quinteto protagonista (Marietta, Rosina, Paolo, Miccone y Zabulón) procedía casi al completo de ganadores (o destacados participantes) de anteriores certámenes del concurso de canto de la Fundación Guerrero. ¡Malos tiempos se avecinan para la lírica si éstos son los mejores ejemplares de entre las nuevas generaciones!... El elemento más destacado fue Ximena Agurto, soprano peruana, de buenos y suaves modales canoros, aunque con cierta querencia a lo almibarado. Sus dos momentos solistas fueron lo mejor de la noche; no para que se desbocara el entusiasmo, pero sí al menos para una escucha sin demasiados padecimientos. Sin embargo, a partir del Fa/Sol agudo, esos buenos modales canoros mencionados, se descontrolan bastante, perdiendo esmalte y tersura la voz, y apareciendo un vibrato muy perceptible y unos sonidos con tendencia a lo agrio y a lo destemplado. Sería bueno que la cantante fuera consciente de esos defectos para que los corrija cuanto antes.




Salvable la Rosina de María José Martos (el único elemento del reparto con recorrido artístico de cierta envergadura), aunque no pareció cómoda en ningún momento con la tesitura del papel, que le quedaba muy grave para su voz. El tenor Sergio Escobar hizo las delicias de los aficionados que se solazan con “el burro grande… ande o no ande”. Es cierto que su voz, de primeras, llama la atención por el volumen y la bruñidura, pero pasado ese primer atisbo sonoro, el encanto desaparece. Estamos ante el típico cantante que basa toda su actuación en soltar chorro de voz y "pepinazos", obviando por completo las más elementales reglas del canto, en cuanto a línea, fraseo, distinción, control y demás características que marcan la diferencia entre “cantar” y “dar notas” (la mayoría de las veces, además, muy mal dadas).

Peor aún anduvo la cosa entre las voces graves. El barítono coreano Jong-Hoon Heo (que de barítono tiene poco, pues se trata más bien de un tenor corto) desperdició un papel bombón como el de Miccone, que le sobrepasaba por todos lados. La voz, pésimamente emitida y peor manejada, se quedaba en el cuello de la camisa, y apenas quedaba reducida a un murmullo casi inaudible. Tres cuartos de lo mismo que pasaba con el búlgaro Ivo Stanchev, la clásica voz de bajo dura y áspera, empotrada en la garganta, y con escaso recorrido y expansión. Particular mención, por último, para Milagros Martín, quien incorporaba el papel de La Hechicera, con una voz cada día mas desfondada y hundida en los abismos. Guardamos un profundo afecto a la señora Martín, que siempre ha sido una zarzuelera de raza, pero su canto poco a poco se ha ido viciando, en un vano intento de camuflar el paso del tiempo inventándose una voz de supuesta contralto, que ni tuvo ni tendrá. La afectación de su canto y su sobreactuación escénica fueron tan excesivas que por momentos parecía la caricatura de la gitana Azucena, hecha del mismo molde que aquélla que tan genialmente reflejaron los hermanos Marx en la inmortal Una noche en la ópera.



La orquesta no fue en esta ocasión la titular del teatro (la Orquesta de la Comunidad de Madrid), sino la Sinfónica de Navarra, a las órdenes de Cristóbal Soler, quien pareció esta vez algo más inspirado de lo que en él suele ser habitual. Aún asi, su tendencia al estruendo y al sonido bandístico y poco matizado, parecen una seña de identidad casi inevitable en sus prestaciones.


Con todos los peros apuntados, es siempre un placer poder escuchar por fin en vivo estos títulos zarzuelísticos tan olvidados, y (se supone) en unas condiciones artísticas lo más favorable posibles. De agradecer también que por fin hayamos podido escuchar la partitura en toda su integridad, ya que en ninguna de las dos versiones discográficas disponibles, está grabada toda la música. Tanto la de Marco (aunque en menor cantidad), como, por supuesto, la de Argenta (donde brillan las tijeras) tenían eso que ahora está tan de moda: los recortes.